Esta es la historia de Federica que no tiene por qué ser una historia larga.
Hay personas largas y hay personas cortas. Federica era una persona corta. Tenía un nombre con ocho letras, que tampoco es tan poco. Tenía una casa con habitaciones impares, hermanos bellísimos y padres muertos. Federica tenía a sus padres muertos en vida.
No sabía inglés, tampoco sabía como tejer y realmente prefería comer aceitunas antes que hablar de política. Solía tomar té y visitar parientes extraviados por hostilidades pasadas y acumuladas. Si quería molestar a alguien, le hacía escuchar la grabación de la guitarra desafinada de su hermano. Había adoptado un loro loco, una lagartija ciega y un sueño dulce. Su sueño era conocer todo el mundo, hacer todo lo que se pudiera hacer y poder vivir para poder recordarlo todo aunque sea una sola vez, aunque sea un minuto de vida por cada lugar visitado y otro minuto mas por cada cosa hecha.
Federica solía extraviar los lápices de colores debajo de la cama y solía despertarse con canciones tristes que la pusieran de buen humor.
La historia de Federica es corta, creo haberlo mencionado.
Y ahora que releo todo lo que le acabo de inventar a la historia de Federica, me doy cuenta que haberme puesto un espejo adelante, hubiera sido mas fácil, pero menos divertido.
